
Cae el telón una vez más y la breve ranura que separa el día de la noche se in visibiliza. La noche ya no cae dejando una estela gris y pesada sobre mi corteza, sino la cálida suavidad de las antorchas que alumbran un nuevo amanecer.
Y como si todo se hubiese confabulado con una nueva historia, se viene fraguando la ansiada llegada de los rayos solares que tanta falta me han hecho, como la certeza de que sigo viva, que sobreviví a un frío y desolado invierno y que hoy sólo soy la espectadora incrédula que se mira a través de la radiografía de su propia existencia, haciéndose acompañar por un cúmulo de papeles e imágenes, fiel reflejo de la construcción y destrucción de uno que otro cimiento de cemento, arena y arcilla.
Hoy tomo la arcilla que quedó de ese proceso y comienzo a moldear un futuro donde sigan teniendo espacio los sueños, las alas, la risa, las lágrimas, la palabra y la convicción de que la vida no es más que un constante ritual desde donde una caja de Pandora se abre y se cierra para hacer de la vida una eterna encrucijada de encuentros y desencuentros.
Anita
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