
Si la sonrisa es el idioma universal, la tristeza maneja códigos no verbales indescifrables. Herméticos constructos fulguran rocíos eternos que se alojan en el alma, carcomiendo las pupilas y robándonos la fuerza.
Cuando se trata de culpar a alguien de tal desdicha, los dardos apuntan siempre en la misma dirección, uno mismo. Se recorren las grietas de los caminos mal paridos y sus contornos esquivos susurran sonetos encarcelados en una celda alojada en un rincón del alma.
Y llega el último día del claustro voluntario, quedan algunas horas de hidratación artificial que permita un despertar de día lunes de sonrisa adulterada, fortaleza simulada y seguridad aparentada.
Payaso de rostro triste, la función debe continuar….
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