Me aplastó mi propia sombra,
perdí el rastro y hasta la huella
digital
hubiese querido volver a usar la capa
de invisibilidad,
esa que hacía tiempo no solía llevar,
pero me vi obligada a salir a la calle,
convertida en un espectro parecido a
mi.
Las calles desconocieron a su fantasmal
habitante,
la capa de invisibilidad no habría
sido necesaria,
no era yo, sino mi pena,
no era yo sino mi canto desafinado,
no era yo sino mi soledad emancipada.
Absorbida por la displicencia,
sin atisbo de fe y esperanza,
comencé mi día martes,
a una semana de que me extirparan el
alma,
y permaneciera sólo mi cuerpo y lo que
quedó de él.
Hoy,
alma y cuerpo deambulan desorientados,
no se reconocen y parecen haberse
extraviado.
Se que cuando se encuentren ya no serán
los mismos.
Y deberán a aprender a caminar juntos
nuevamente.
Una nueva transmutación me está
aconteciendo,
me sentaré a esperar el reencuentro.

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