miércoles, abril 22, 2015

Ya instalados en nuestra nueva casa. Atrás dejamos la era del departamento. Subir cada día tres pisos (varias veces al día), y sólo ver edificios al abrir las ventanas. Nuestra vecina (una señora de unos 80 años) nos despidió con emoción. Se sentía acompañada al sabernos al frente. Nos queda el rito de despedida, Amanda siente que una parte de su vida se queda ahí y así es. Así que volveremos a dar gracias por el tiempo que ese espacio fue nuestro hogar, que nos protegió del frío, de la lluvia. Que nos permitió disfrutar de la vida familiar y que nos protegió del terremoto. Para que una casa se transforme en hogar se necesita tiempo, y vamos con toda la esperanza y la alegría para transformar nuestra nueva casa en un espacio amoroso y acogedor para nosotros y quien nos visite. Dos manzanos nos brindan sombra en el patio trasero y un cúmulo de sueños convertidos en risas infantiles me abrazan el alma.

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