
Una luz traviesa me revolotea en círculos, se cuela entre la brisa que susurra entre mi pelo. Sostengo impetuosamente los breves minutos que quedan del día, los invito a permanecer despiertos frente a la rebeldía de un cuerpo que desprecia el frío que trae consigo el comienzo de una larga noche.
Una llama que se prende y se extingue ante los balbuceantes mareos de una conciencia que no abandona las distancias, que aunque lejos, se anidan desde la porfía misma de un disfrazado candor.
Se retratan con obsesiva testarudez las imágenes del relámpago antes que oscurezca, dejando testimonio elocuente de arrebato y energía.
Cuando amanece, el retrato que subyace a la vigilia, traerá consigo la quietud perenne de la nostalgia.