
Me detuve un instante a observar aquella mujer que deambulaba como si la vida misma se escurriera entre sus pasos. Su rostro desencajado me paralizó por un segundo. De pronto vi desprenderse entre sus ropas decenas de niñas pequeñas de diferentes edades que caían agonizantes y desaparecían al estrellarse contra el suelo.
A medida que esto ocurría su rostro iba llenándose de arrugas y su mirada iba perdiendo brillo hasta volverse gris. Mientras yo permanecía atónita mirando este espectáculo la gente pasaba por su lado sin verla.
La indiferencia en vez de paralizarme me sacudió. Me saqué la manta y me ofrecí para ayudarla. Me miró y dijo –este mundo no está hecho para niñas-mujeres, se castiga la indefinición-.
Pasaron los años, y la imagen de esa niña-mujer-anciana aún sacude mi conciencia.