
La premura del tiempo suele desencadenar estragos en mi alicaída armonía, y es que aun los rayos de sol no se esconden y un nuevo día trae consigo la cuenta regresiva de lo no vivido.
Construyo atardeceres en mi cuenta paralela, un reloj imaginario que susurra lo que sólo yo quiero escuchar.
Un reloj de vida animada que suele hacer preguntas inquisidoras, bastante entrometido y cuestionador.
¡Que locura dirán los que lean esto! y es que ahora un reloj es su amigo imaginario. Que soledad dirán otros, que se hace acompañar de un objeto inanimado haciéndonos creer que de pronto ha cobrado vida. Que locura diré yo.....dejar que las horas y los días transcurran sin intentar descifrar si los pasos que se dan a diario son los que en definitiva nos conducirán hacia esa estrella luminosa que cada noche nos alumbra para recordarnos que es hasta allá donde debemos guiar nuestros pasos.
Un corazón zurdo guía esta travesía haciéndome palpar cada grieta del camino. Los tropiezos no son obstáculos sino señales. Las piedras no son escollos sino alertas. El llanto no es una barrera sino una puerta desde donde construir una nueva ventana.
Y así la vida transcurre entre peldaños y trampas, entre sonrisas y lágrimas, entre la prisa y la calma y yo voy aprendiendo a descifrar sus designios sin que por ello se me vaya la vida, solicitando se me conceda el privilegio de postergar el paso del tiempo sobre mi piel, tan sólo mientras logro descifrar el acertijo que me conducirá hacia ese lugar donde no hay escondites, ni túneles, ni pasadizos, ni jaulas, ni temores.