Cuando al mirarse frente a un espejo aparece la mirada inquisidora de los reproches y se forja una batalla sin tregua, donde la complacencia no ha sido invitada y el lenguaje de códigos inciertos se hace indestructible, es que añoro ser un cuerpo sin rostro como este, donde la dureza de mis ojos no me alcancen, donde al mirarme en un espejo sólo vea mi pelo que habla el lenguaje de lo sentidos, y donde el recuerdo está prisionero.
Anita

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