
El rumor de las olas traspasa mis sentidos, un lenguaje de algas y caracolas susurran a mi oído. La arena acaricia mi templanza y mi fragilidad toda sucumbe ante la tibieza de un horizonte sin fin.
Y allí me quedo….pasmada; seducida por el lenguaje de las olas, reconozco su canto. La mar me coge y me abriga con su manto.
Unos pescadores se hacen a la mar a la distancia; toman sus redes y comienzan un diálogo lleno de códigos, formas, olores y tactos. La mar los alimenta y por eso la respetan.
Y yo, extranjera que deja atrás el ruido de la gran ciudad para sentarse frente a la inmensidad; para perderse entre el cielo y la tierra esperando encontrar respuestas en aquella búsqueda incesante por descifrarse.
El mar termina siendo cómplice de mis sueños, no es necesario dejarlos flotando dentro de una botella porque de igual manera quedan esparcidos; entre la tierra y el cielo, entre las olas que limpian un cuerpo prisionero de la vorágine permitiéndole regresar a esa ciudad atiborrada por gente presurosa de manera distinta, serena, aliviada, silenciosa.
La gente corre y yo no la veo.
Y allí me quedo….pasmada; seducida por el lenguaje de las olas, reconozco su canto. La mar me coge y me abriga con su manto.
Unos pescadores se hacen a la mar a la distancia; toman sus redes y comienzan un diálogo lleno de códigos, formas, olores y tactos. La mar los alimenta y por eso la respetan.
Y yo, extranjera que deja atrás el ruido de la gran ciudad para sentarse frente a la inmensidad; para perderse entre el cielo y la tierra esperando encontrar respuestas en aquella búsqueda incesante por descifrarse.
El mar termina siendo cómplice de mis sueños, no es necesario dejarlos flotando dentro de una botella porque de igual manera quedan esparcidos; entre la tierra y el cielo, entre las olas que limpian un cuerpo prisionero de la vorágine permitiéndole regresar a esa ciudad atiborrada por gente presurosa de manera distinta, serena, aliviada, silenciosa.
La gente corre y yo no la veo.
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