
Un grito se oye desde la profundidad de su garganta, tanto que no alcanza a ser escuchado. Su boca cansada susurra silencios, su cuerpo danza al ritmo del sosiego, sus ojos destellan una luz de aparente calma. Pero nada en él es calma. Una brisa pasa por su lado pero ni siquiera lo despeina. La quietud sólo es aparente al igual que su sonrisa.
En una banca transcurre su vida, entre maniceros, carteles que se alzan en medio de gritos encarcelados, lustrabotas, escolares, vendedores ambulantes, etc. Muchos se sientan allí a su lado a diario, pero extrañamente nadie lo ve.
Al anochecer toma su silencio y lo lleva a otro sitio. Desconozco su andar, lo desconozco como desconozco a ratos el andar de mis propios pies a ratos cansados y en otros con claros signos de desasosiego.
Mientros lo miro desde la banca del frente sin atreverme aún a hablarle, me reconozco en esos silencios y también en sus pies desnudos.
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