
Pies descalzos y hambrientos sacuden su escarcha, circulan tras el alimento inerme, buscan donde guarecerse de la lluvia, de las grietas del camino, de las heridas y callosidades que le han dejado las piedras con las que ha tropezado a su andar.
Allí estaba, en una carretera despoblada; plana y silenciosa., el viento, único habitante, despeinaba su cabellera rebelde y anudada. El lenguaje de su pelo no necesitaba intérprete, era claro y elocuente: Le recordaba que seguía viva, que aún respiraba sueños, escuchaba la fuerza de timbales y tambores y masticaba primitivos reflejos ancestrales.
Un camión se detiene, ella se sube en la parte trasera y se acomoda entre medio de sus bolsos y ante el desconcierto de desconocer cual será el próximo paradero y que le deparará el camino una vez que decida hacer su bajada y sea capaz de desnudar otra vez su habitual fragilidad de enterezas.
Al descender de ese vehículo en movimiento, una luz de esperanza le concedería un hermoso regalo que anunciaba que aquel tragaluz tornado que le había arrancado los ojos y la luminosidad, no se había llevado todo su equipaje, sino tan sólo una parte de él.
Los tragaluces suelen seguirle la pista a sus víctimas, no se conforman con dejarlas a oscuras, sino que intentan que nunca más vuelvan a recuperar la luz del día, quisieran verlas adormecidas, esclavas, ausentes, perdidas, sombrías.
Una nube anunciaba que esta vez la lluvia no causaría estragos en su piel, ya que extrañamente de aquella llovizna se desprendía una desbordante luz de esperanza que con una ternura inusitada lo inundaba todo.
Las flores comienzan a brotar entre el pasto seco y sin brillo de aquel jardín deshabitado. No reconocen estaciones del año y se rebelan tozudamente frente al otoño que anuncia que muy pronto las calles estarán regadas de hojas secas y amarillas.
¿Es acaso que el otoño ha cambiado de color y no es gris sino violeta?
Allí estaba, en una carretera despoblada; plana y silenciosa., el viento, único habitante, despeinaba su cabellera rebelde y anudada. El lenguaje de su pelo no necesitaba intérprete, era claro y elocuente: Le recordaba que seguía viva, que aún respiraba sueños, escuchaba la fuerza de timbales y tambores y masticaba primitivos reflejos ancestrales.
Un camión se detiene, ella se sube en la parte trasera y se acomoda entre medio de sus bolsos y ante el desconcierto de desconocer cual será el próximo paradero y que le deparará el camino una vez que decida hacer su bajada y sea capaz de desnudar otra vez su habitual fragilidad de enterezas.
Al descender de ese vehículo en movimiento, una luz de esperanza le concedería un hermoso regalo que anunciaba que aquel tragaluz tornado que le había arrancado los ojos y la luminosidad, no se había llevado todo su equipaje, sino tan sólo una parte de él.
Los tragaluces suelen seguirle la pista a sus víctimas, no se conforman con dejarlas a oscuras, sino que intentan que nunca más vuelvan a recuperar la luz del día, quisieran verlas adormecidas, esclavas, ausentes, perdidas, sombrías.
Una nube anunciaba que esta vez la lluvia no causaría estragos en su piel, ya que extrañamente de aquella llovizna se desprendía una desbordante luz de esperanza que con una ternura inusitada lo inundaba todo.
Las flores comienzan a brotar entre el pasto seco y sin brillo de aquel jardín deshabitado. No reconocen estaciones del año y se rebelan tozudamente frente al otoño que anuncia que muy pronto las calles estarán regadas de hojas secas y amarillas.
¿Es acaso que el otoño ha cambiado de color y no es gris sino violeta?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario