
Me declaro indolente frente al frío y la lluvia, me repaso en sepia acostada sobre una telaraña color marfil.
La vida misma se retrata en blanco y negro, los recuentos no suelen ser en colores; la historia define la gama de grises con que quiere ser contada.
Un color violeta se asoma en la penumbra; un lobo estepario que no encuentra cobijo ni alimento.
Sumergido en unas hojas que tiñen su espectro, se hace parte de la tierra, se cuela entre las rendijas de un gris anochecer.
De día un manto violeta la hace igual al resto; de noche, el lobo estepario tullido e indefenso romperá sus ropas y posará sus manos en su profunda humanidad desnuda arrancándole quejidos y silencios.
La vida misma se retrata en blanco y negro, los recuentos no suelen ser en colores; la historia define la gama de grises con que quiere ser contada.
Un color violeta se asoma en la penumbra; un lobo estepario que no encuentra cobijo ni alimento.
Sumergido en unas hojas que tiñen su espectro, se hace parte de la tierra, se cuela entre las rendijas de un gris anochecer.
De día un manto violeta la hace igual al resto; de noche, el lobo estepario tullido e indefenso romperá sus ropas y posará sus manos en su profunda humanidad desnuda arrancándole quejidos y silencios.
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