Historias de hospital: Ayer por la tarde llega a mi sala una mujer joven de origen Ecuatoriano. Venía derivada desde un consultorio. Se instala en la cama contigua a la mía. No traía nada, venía con lo puesto. De carácter introvertido, casi no le salía el habla. - ¿estas con contracciones le pregunto? Me duele acá, me responde indicándome su vientre. Por las noches, a no ser que haya una urgencia las matronas de van a descansar y quedamos solas. Desperté varias veces durante la noche y ella se quejaba silenciosamente sentada en la cama como con miedo de importunar el sueño de las demás. Me siento en la cama y le explico que lo que esta sintiendo son contracciones y que debe intentar reconocer cada cuanto tiempo vienen. Cada 5 minutos me responde. Le pregunto si ha botado algún líquido, me responde que si. Son las 02:50 AM me levanto, me pongo mi bata y voy a la sala de descanso donde permanecen las matronas durante la noche. Le aviso, viene una, le hace un par de preguntas y se va. La joven madre queda ahí sentada. A las 07:00 viene otra matrona, la llevan por fin para revisar con cuanta dilatación esta. Se la llevan raudos a parto. Le pido que me de algún número de algún familiar para avisar y para que traigan las cosas que necesita. Tengo dudas de que vaya a venir alguien a ayudarla.
Es imposible desprenderse del rol profesional evidenciando tantos casos sociales como el de ella, pero sobre todo es imposible permanecer impávida frente al dolor y la soledad de una niña mujer, que esta lejos de su patria, a la que le cuesta hablar en voz alto y a la que nadie probablemente le tomó su mano y le dijo que todo lo que estaba sintiendo le iba a pasar y que debía estar tranquila. Es tan fácil ser oído, acoger, abrazar, empatizar. La pequeña Miriam se fue a parto a tener a su pequeño hijo. Espero que la vida no la siga tratando con esta indiferencia
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