
Solía abrir los ojos esperando ver mariposas multicolores, niños disfrazados de personajes de cuentos infantiles, adultos que se desenvolvían en el mundo de las responsabilidades atreviéndose a jugar sin temor a ser estigmatizados, soñar que en algún minuto del día me sentaría en una plaza a conversar con algún anciano que hacía de ese sitio la ventana desde la cual repasar su existencia y prepararse para la partida y aunque nada de esto tuviera mi día seguía manteniendo mi esperanza intacta.
Desde el impulso frenético de saltar de mi cama al suelo, había un cúmulo de intenciones para mi día, sin embargo, estos días me he levantado sin esperar mucho o más bien, esperando nada.
Deben ser estos días de lluvia los que me tienen así, debe ser la ausencia de sol que me niega la luz otoñal, porque a pesar del gris amanecer siempre hay como aferrarse a esa tibia luz de esperanza que debe acompañar mi mundo cotidiano.
Si hasta hace algún tiempo el tema recurrente eran los sueños, hoy el concepto que se repite una y otra vez es el inconmensurable deseo de que los rayos del sol me nutran, me acaricien, me cobijen; cansada ya de mi nariz helada, mis pies escarchados y mis mejillas húmedas.
Si no es casualidad que de recién nacida el médico recomendara a mis padres darme baños de sol sobre la mesa del comedor….el sol vino a ayudarme a superar el trance de haber nacido antes de tiempo y los rayos del sol me darían fuerza para sobrevivir a mi extrema prematurez.
De ese entonces que mi mirada siempre es hacia arriba, siguiéndole los pasos a ese astro que no sólo entibia mis manos, sino que me hace evidenciar más colores, más caminos y más salidas. Su ausencia a ratos me encuentra en callejones sin salida, túneles oscuros y tenebrosos, compañías ausentes y ausencias sin retorno.
Anita
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