
Amanecí queriendo arrancar la raíz quebrajadiza de las ausencias, parecía ser que ahí, justamente en ese pelo se escondían demasiados recuerdos y contradicciones. Sentía a ratos la necesidad imperiosa de ir por una tijera y arrancar yo misma eso que ya no me producía apego sino hastío.
Así fue como me levanté esa mañana de sábado, con una idea fija y casi como una muerte anunciada me puse en manos de Luis, al único que le he encomendado esa misión justiciera de arrancar uno a uno los recuerdos asomados por los nudos de mi abundante cabellera.
Ni que decir de las sensaciones que se apoderaron de mí al ver como iban cayendo uno a uno los recuerdos. Nadie de los presentes aquel día pudo siquiera intuir que con cada caída de mi cabello al piso yo arrancaba a pedazos esa parte de mi vida que quería hacer desaparecer.
Con la esperanza viva de que al salir de allí la frescura de haber recuperado mis crespos, esos que extrañaba desde hace mucho y que el peso de mi abundante cabellera habían hecho desaparecer casi por completo me devolvieran a esa mujer alegre que solía visitarme.
Sí, salí de ese lugar distinta, en el suelo esparcidos habían quedado los recuerdos y los dolores. Antes de irme, miré fijamente ese montículo esparcido a mi alrededor, lo miré como quien mira a alguien que en algún minuto fue crucial en su vida. Sólo él y yo sabemos lo que nos dijimos al partir. Al tarro de la basura deben haber ido a parar minutos después y yo…..yo a la calle otra vez, a que el viento se acostumbrara de nuevo a peinarme y despeinarme a su antojo.
Anita
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