
Contemplaba maravillada el regalo entregado por la madre naturaleza esa mañana. El cielo esta vez se abría de par en par, y al hacerlo parecían salir de sus cuevas uno a uno todos los que esparcidos entre el humo y la niebla, aparecían refugiados dentro de una caparazón soportando la fría soledad de tantos días grises y mudos.
Colores chillones revoloteaban ante sus ojos, risas escondidas en sueños adornados de niños acompañaron su descanso, y por la mañana ese pequeño picaflor le anunciaba que allí estaría cada mañana, para traerle su canto alegre y esperanzador.
¿Cómo permanecer encerrada en esa caparazón ante tanta belleza?
Al llenar sus pulmones de ese nuevo aire que comenzaba a respirar, le seguía el anuncio de que aún seguía viva, que había sobrevivido a ese frío y desolado invierno.
Ese cielo azul, ese picaflor que le regalaría su canto por las mañanas y ese ciruelo que se vestía de flores la estaban llamando, era la fuerza de la naturaleza y no de los hombres la que la impulsaba a salir de una vez de ese escondite que la mantenía inerte y sin vida.
Sí, y como la belleza siempre viene acompañada de música, esa mañana comenzó a escucharse aquella canción de Serrano que le traía una maravillosa noticia: “HOY ES SIEMPRE TODAVIA”.
Anita
No hay comentarios.:
Publicar un comentario