Me he sumergido en esas aguas muchas veces, he nadado sin prisa, navegado sin remos. He construido un mundo en los taciturnos oleajes del absurdo, haciéndome amiga de la caracola y cómplice de las sirenas.
Las algas me han tendido una trampa y he forjado una batalla sin tregua entre el abrazo cálido y la inusitada violencia de la posesión primaria, que han dejado heridas mis extremidades y cercenadas mis pupilas.
Una ola ha limpiado mis lágrimas y acariciado mi espalda. El mar me ha cobijado con su canto y me ha sostenido con la brisa.
La noche lejos de dejarme a oscuras ha iluminado mis pasos y me ha dejado desnuda con una suave manta de arena sobre la piel. He sostenido un diálogo con la marea danzando al ritmo de las olas y dejándome seducir por su lenguaje.
El día me sorprende a tientas. La noche y el sueño se despiden. Dejo de oler la brisa marina y sufro el despertar más temido: un despertador intruso e irreverente que se atreve a interrumpir mis viajes y me lleva de regreso a la verdadera oscuridad del día: La realidad.
Anita
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